Beneficios de la nieve

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Beneficios de la nieve

La temporada se acerca y todos estamos empezando a conectar con la idea de que pronto estaremos de nuevo bajando pistas con los esquís en los pies.
Mas allá de desear que pronto nos volvamos a ver y que disfrutemos de un buen invierno, os quiero dejar este interesante y motivante artículo que el otro día encontré navegando por internet.

Miguel Ponce
Buena temporada 2009/10

El doctor Daniel Brotons, responsable del departamento médico de la Federación Catalana de Deportes de Invierno, está convencido de que el contacto con la nieve compensa a los urbanitas todos los males que se derivan de “vivir en las grandes ciudades”. Puede sonar extraño, pero habla de que puede combatir dolencias tan variadas como el insomnio, la caída del cabello, los problemas gastrointestinales, las difi cultades para la reproducción y una larga lista que incluye también alteraciones respiratorias, alergias y hasta graves dolencias cardiacas.

“El hecho de estar en contacto con una superficie totalmente nevada nos cambia el chip por completo y nos hace huir a la fuerza del sedentarismo en el que vivimos en la ciudad y del que se derivan una enorme cantidad de afecciones que sin escapar de las urbes no tienen solución fácil”, explica. Lo curioso es que cuando habla de sedentarismo, Daniel Brotons incluye incluso a quienes practican deporte a diario: “Ir al gimnasio, aunque sea cada día, no nos hace menos sedentarios porque finalmente adoptamos unos hábitos en la ciudad que nos llevan de la moto al despacho, del despacho al sofá y del sofá a la cama, y que nos impiden llevar el estilo de vida activo para el que los humanos estamos preparados”.

En su opinión, en la montaña y sobre todo en la nieve las condiciones cambian absolutamente y derivan en una “notable mejoría de todo nuestro organismo”. ¿Las razones? Para comenzar, Brotons está convencido de que hay pruebas sufi cientes para poder asegurar que el estrés a que nos someten las jaulas urbanas “provoca alteraciones variadas que derivan en cambios bruscos de humor y de carácter, irritabilidad y todo ello puede acabar en arritmias”. Y además incide en que hay estudios que vinculan los problemas de esterilidad “a la baja calidad del esperma de quienes sufren estrés o están en contacto permanente con entornos contaminados”.

Igual de convencido de todos estos beneficios está su homólogo en la Federación Española de Deportes de Invierno, el doctor Pedro Sanz, también presidente de la Federación Navarra. Sanz destaca que el ponerse en contacto con la nieve es también sinónimo de estar a mayor altitud y que todo ello tiene una repercusión directa en nuestro sistema motor. “A mayor altura el oxígeno es menor y ello nos obliga a hacer un esfuerzo vascular y respiratorio extra que deriva en una mejora de la frecuencia cardiaca”.

En estas condiciones se producen más glóbulos rojos y llega más oxígeno al músculo, lo que en sí es “un antioxidante natural de primera”. Además se produce una mejor cinética respiratoria, que hace funcionar mejor los pulmones y permite una mejora del estado del corazón, que una vez se adapta a la altura, al regreso a las ciudades funciona con menos pulsaciones.

El corazón ha hecho un buen trabajo y sale fortalecido de la experiencia. Así, el simple hecho de andar con asiduidad por la nieve resulta un entrenamiento que deriva en “una disminución de la frecuencia cardiaca como consecuencia del aumento que se ha obtenido de hemoglomina debido al entrenamiento en altura” y todo ello explica que muchos deportistas, sobre todo los ciclistas y los nadadores, hagan “intensos trabajos de altura en pretemporada para luego llegar más oxigenados y más en forma a las pruebas importantes”. La buena noticia es que los glóbulos rojos que se producen en esas condiciones se conservan cierto tiempo en el cuerpo.

Por supuesto que todo ello debe combinarse con una buena dieta. “El ejercicio en la nieve es absolutamente aeróbico y el oxígeno que con ello conseguimos quema con mayor facilidad la grasa y la glucosa, por lo que la ingesta calórica suele ser superior en entornos de montaña y de frío y sobre todo hay que hacer incidencia en los hidratos de carbono que podemos obtener de los zumos, los cereales, la pasta?”. Sanz advierte que también ayuda a quemar la grasa del cuerpo que en el ejercicio anaeróbico no se quema. Esto quiere decir que mientras que en los “descensos de esquí alpino o snowboard estamos haciendo un ejercicio con el que apenas quemamos grasas, con pasear simplemente por la nieve sí lo conseguimos porque trabajamos mejor nuestra capacidad aeróbica”.

Hasta ahora todo son ventajas, pero ¿y los asmáticos? ¿y los que padecen el síndrome de Raynaud o, lo que es lo mismo, la alergia al frío? Según Pedro Sanz está más que demostrado que el frío y el esfuerzo son dos factores que combinados pueden desencadenar crisis asmáticas, pero también es de la opinión de que en la actualidad hay una ropa técnica inmejorable que permite mantener la temperatura corporal, incluidos guantes y calcetines con pilas, y que siempre es mejor “hacer ejercicio, eso sí moderado y con el Ventolín a mano, en un entorno sano y con aire puro, que quedarse en la ciudad para evitar las crisis que también se disparan en un ambiente polucionado”.

Siguiendo con lo que pueden parecer desventajas, está el hecho comprobado de que nuestra piel es muy sensible a los rayos solares y más en un entorno en que el blanco resplandeciente de la nieve actúa como un espejo que hace todavía más agresivo el efecto del sol. “Es una cuestión de protección, conviene proveerse de unas gafas con una buena óptica, gorra y protectores solares de factor alto”, indica el médico deportivo Daniel Brotons.

Por su parte, la dermatóloga Nerea Landa, formada en la clínica Mayo, advierte que el sol es benefi cioso para nuestro organismo si se utilizan cremas protectoras adecuadas. Puede ayudar a mejorar incluso problemas dermatológicos como la psoriasis. Todo, explica, es una cuestión de precaución y de evitar los excesos de exposición.

El ex miembro de la selección española de esquí artístico Roberto Puente incide además en que la nieve es benefi ciosa incluso para los que detestan esquiar porque es una superfi cie en la que , con esquís o sin ellos, se trabaja sobre todo el equilibrio. El esquiador nacido en Candanchú (Huesca), que es además el responsable de las pistas cubiertas madrileñas de Xanadú, resalta que los niños de ahora “siempre atados a sus videoconsolas o a la tele, no tienen resuelto el sentido del equilibrio, y jugar en la nieve, que es una superfi -cie extraña para nosotros como puede ser la arena de la playa, les puede ayudar a trabajar la estabilidad”. Y añade que lo mismo sucede con la “gente mayor, que con el simple hecho de andar por la nieve no sólo fortalece las piernas y el corazón, sino que trabaja el equilibrio que con la edad va perdiéndose”.

La sensación de bienestar y tranquilidad que respiramos ante un paisaje nevado es otro de los aspectos saludables que casi todos los especialistas resaltan. Casi todos porque el antropólogo Santiago Barambio recuerda que puede ser tranquilizante para quienes vienen de las ciudades, pero las personas que viven permanentemente en entornos nevados asocian ese paisaje con el temor al aislamiento y a la soledad. “Sólo hay que ver cómo los pueblos españoles de montaña se han ido despoblando paulatinamente hasta quedar prácticamente abandonados y en muchas ocasiones sólo se ha recuperado ese entorno en el caso de que ofrezcan posibilidades de deporte y ocio”, indica.

Por su parte, el psicólogo clínico y psicoterapeuta Juan Carlos Albadalejo apunta que en términos generales el “blanco nos da paz, libertad, luz, la sensación de encontrarnos con uno mismo. Nieve es éxtasis, un refl ejo de lo divino, algo un poco sagrado porque es lo que cae del cielo, la luz, la altura y la sublimación de la propia tierra”. Además es un tema de opuestos, del contrario: “Estamos acostumbrados a lo sórdido, lo aburrido, lo que nos pesa, y la nieve nos ilumina”.

“Llevamos unos dos siglos con calefacción o aislamiento térmico, por lo que la connotación de frío y muerte ha quedado muy diluida en nuestra memoria y ahora el paisaje nevado da una sensación de tranquilidad y bienestar absoluta para el urbanita que vive alejado de la naturaleza”, puntualiza. Y como especialista en el psicoanálisis que es, también advierte de lo que la nieve signifi ca en los sueños: “Ya hace un siglo que se han descrito las connotaciones del sueño en que una persona está en su casa y ésta se llena de frío y de nieve, que podría ser algo negativo, pero lo que cuenta es la actitud con la que se toma”. Según Albadalejo “son sueños de aviso de la vida emocional, de la relación de pareja que nos advierten de que tenemos que hablar las cosas antes de que las diferencias sean insalvables”.

Pero Albadalejo aún va más allá. Recuerda que la presencia de la nieve es tan habitual en los países nórdicos que sus habitantes incluso son capaces de mantener relaciones sexuales sobre esta superfi cie con toda naturalidad. Lo que sorprende es que está convencido de que esta práctica que a los mediterráneos les puede parece una locura “es un buen mantenimiento para la virilidad masculina y que además resulta un excitante para la mujer, no en vano en las tiendas especializadas en las que se venden todo tipo de juguetes para adultos no faltan geles que producen calor y frío para aumentar el placer durante nuestras relaciones”.

Como ejemplo del efecto tranquilizador, pero a la vez excitante que la nieve puede provocar en las personas, Juan Carlos Albadalejo evoca la imagen de los niños que entran en contacto con una superfi cie nevada. “Lo primero que hacen es ponerse a jugar, a correr, a tirarse bolas, a rebozarse en la nieve… y lo mismo sucede con los adultos”, explica. Desde su punto de vista, se trata de “una cuestión de libido, del disfrute de la vida, que no es sólo sexual, es nuestra capacidad de ser felices, de conectar con lo sagrado, con lo humano y la alegría de vivir”.

Pero, además de alegría de vivir, la nieve ha sido un factor de supervivencia porque era el único elemento conocido capaz de mantener frescos los alimentos incluso en las épocas más cálidas. Los primeros almacenes de nieve datan, como mínimo, del siglo XI a.C. Al menos de ello hay constancia escrita en China, donde desde muy antiguo se elaboraban helados de los más diversos sabores que vendedores ambulantes ofrecían con sus carritos por las calles, costumbre que pasó a Persia y luego a Grecia y Roma. En el año 328 a.C., Alejandro Magno (356-323 a. C.) ya ordena “romper la nieve endurecida de las montañas y glaciares haciéndola transportar por relevos de campaña, donde la almacena en unas zanjas o cuevas especiales capaces para este fin”, tal como recoge Quinto Curcio en uno los diez libros dedicados a la vida del emperador.

Los griegos la transportaban desde el Monte Olimpo para mantener fríos sus vinos; Séneca no entendía por qué los romanos tomaban helados incluso en invierno; Plutarco cuenta cómo sus contemporáneos “ponían alrededor del frasco de agua una gran cantidad de nieve” y Ricardo Corazón de León se convirtió en el primer occidental en degustar un helado cuando fue invitado por Saladino en su visita al Líbano en el año 1190. Más tarde, en 1364, el fraile Niccolo Da Poggibonsi escribía tras su peregrinación a Tierra Santa: “Damasco es una ciudad muy fría y la nieve dura en las montañas que la rodean hasta junio. En primavera se transporta hasta la urbe en camellos y allí se vende. También la guardan en subterráneos y la consumen en sus bebidas”.

Entonces la nieve se transportaba desde las montañas en cajas forradas de plomo, pero en el siglo XVI un descubrimiento consiguió revolucionar el comercio y la cultura del frío. Se trata del nitrato de etilo, que unido al hielo ayuda a conservar las más bajas temperaturas. El gastrónomo Carlos Azcoytia, que ha investigado a fondo el uso de la nieve y el hielo en las diferentes culturas, explica que, entre las muchas referencias que ha encontrado sobre la venta de hielo, su consumo y legislación, destaca una fechada el 3 de septiembre de 1619 en la que se dice que los vendedores de “la dicha nieve guarden los puestos antiguos y en ellos vendan dicha nieve, y no la metan a vender en ningún portal de ninguna casa, sino que las vendan en las esquinas de las calles”. También Azcoytia recuerda que en el Renacimiento, la costumbre de tomar bebidas frías es ya general y llegado el siglo de oro, los cocineros más importantes de la época, Pedro Mejías y Francisco Franco, comentan la nueva moda de las personas elegantes y enseñan la forma de enfriar con agua, salitre, nieve, al aire o en sótanos y cuevas con vasijas de barro.

Y, siguiendo con la historia, apunta que durante el reinado de Felipe V se nombra a Manuel Domingo Lorente administrador de la Casa Arbitrio de la Nieve, cargo que décadas después ocupa Josef Tomás de Terzilla, quien presenta un pliego para continuar la provisión de nieve y cubrir los ventisqueros para conservarla mejor en la sierra. Y si a fi nales del siglo XVIII se utiliza el agua de nieve (nieve derretida) para sorbetes, ya en la década de los sesenta del siglo XX se venden las antecesoras de las neveras, un armario de madera cerrado en el que se introducía el hielo. William Cullen apunta el fi nal del negocio del transporte de la nieve en 1784 al descubrir que mediante la evaporación de éter en un recipiente semivacío consigue hielo, hecho que el ingeniero estadounidense Jacop Perkins aprovecha para patentar una máquina que fabrica hielo y se refrigera con éter y que bastante más tarde, en 1871, Kart von Linde mejora. Pero fue en 1918 cuando la marca Kelvinator lanza por fi n el primer frigorífico.

Cuenta Azcoytia en su libro Historia de la cocina occidental que la gran revolución en la conservación de los alimentos y el comercio “llegó con el descubrimiento del frío industrial, que no se aplicó hasta el último cuarto del siglo XIX, cuando Charles Tellier botó en 1874 el primer barco frigorífico”. En ese mismo libro, el autor se ríe del poco sentido comercial del inventor porque a Tellier no se le ocurrió otra cosa que poner a prueba su experimento “transportando un cargamento de carne fresca desde El Havre hasta Buenos Aires en una travesía que no tenía ni sentido ni repercusión comercial porque Argentina es la mayor exportadora de carne del mundo”.

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